La secta del pádel
Por m4rt1n, viernes 09 junio de 2006 a las 23:09 :: Chorradas :: #82 :: rss
En 2001, mi amigo Mario me contaba, resignado, cómo una idea de negocio -una de tantas- se le había escapado de las manos. Por lo visto, en el transcurso del MBA que había cursado se le ocurrió, entre otras muchas ideas, iniciar un negocio de importación y franquiciado de raquetas y artículos de pádel.
Por aquellos días, sin que yo me hubiese enterado de nada, todo ejecutivillo de medio pelo que se preciase ya jugaba al pádel. Y es que nada menos que el entonces presidente Aznar, al tiempo que hablaba catalán en la intimidad, había contribuido a popularizar tan singular deporte. Desde entonces, no hay nueva urbanización de chalets, adosados o pisos corrientes y molientes que no se construyan con las correspondientes pistas de pádel. La clase es la clase.
¿De raquetas de qué...?, le pregunté yo, tan a la última hora como siempre.
Por aquellos días, sin que yo me hubiese enterado de nada, todo ejecutivillo de medio pelo que se preciase ya jugaba al pádel. Y es que nada menos que el entonces presidente Aznar, al tiempo que hablaba catalán en la intimidad, había contribuido a popularizar tan singular deporte. Desde entonces, no hay nueva urbanización de chalets, adosados o pisos corrientes y molientes que no se construyan con las correspondientes pistas de pádel. La clase es la clase.
Mario no montó en aquel entonces el negocio (por lo visto, tenía los contactos adecuados), y se quejaba amargamente porque, de haber sido el primero en el mercado, hubiera tenido la posibilidad de hacer mucho dinero.
Yo al principio pensaba que eran como una secta, la secta del pádel, gente que estaba dispuesta a sacrificar su tiempo libre (incluso la hora del almuerzo) para seguir viéndole la cara a algún compañero de trabajo y -quizá- desfogar tensiones a fuerza de raquetazos. Pero ahora me doy cuenta que no. Que quizá la secta seamos nosotros, las tres o cuatro ovejas descarriadas que seguimos sin pasar por el aro del pádel. El otro día me lo decía F., el vendedor de camellos majorero:
Buah-pensé yo-. Esto del pádel no puede ser más que una moda pasajera. Una especie de tenis, pero en chiquito y emparedado. Pero, de nuevo, me equivoqué. Desde hace meses, en mi trabajo -Truman puede dar fe de lo que digo- se ha organizado una liguilla de pádel que, poco a poco, ha ido extendiendo sus tentáculos hasta llegar a implicar a casi todo el mundo. Digo bien. Hay días que, a la hora de comer, quedamos sólo un puñado de irreductibles resistentes a la moda de la raquetita.
Yo al principio pensaba que eran como una secta, la secta del pádel, gente que estaba dispuesta a sacrificar su tiempo libre (incluso la hora del almuerzo) para seguir viéndole la cara a algún compañero de trabajo y -quizá- desfogar tensiones a fuerza de raquetazos. Pero ahora me doy cuenta que no. Que quizá la secta seamos nosotros, las tres o cuatro ovejas descarriadas que seguimos sin pasar por el aro del pádel. El otro día me lo decía F., el vendedor de camellos majorero:
Si no juegas al pádel -me dijo- nunca te vas a socializar, Martín. Y creo que tiene razón: nunca me voy a socializar. Ni aunque juegue al pádel.







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