Hoy comía con seis compañeras de trabajo en una agradable terraza, en un ambiente relajado, nada laboral. Muchas risas y buen ambiente. Suena mi teléfono móvil. Tirurirurí, tirurirurá. No debería de responder, pero lo hago. ¿César Gómez de Peraleda? No -respondo tajante- se ha equivocado. Pero la voz de mujer que está al otro lado (seria, severa, con aplomo) no se amilana. ¿No es usted?
Ya le he dicho que no -respondo, ya un tanto mohino-. ¿Pero usted le conoce? (aquí ya mis oidos no daban crédito).

Seguir leyendo