Como los coches no me gustan, y no entiendo nada de ellos, decidirme por uno me pareció una tarea angustiosa. Los precios de los coches nuevos (todos, incluso los más baratos) me parecían escandalosos, más que nada porque yo no aprecio su valor. Pero tampoco quería un coche antiguo, porque estaba bastante harto de conducir una tartana. Los coches grandes me parecían ostentosos, inútiles e incómodos para la ciudad, pero, por otra parte, los utilitarios me parecían demasiado pequeños para mis 190 cm de altura.
En esas estaba, cuando tomé por la calle de en medio: me habían hablado bien del Smart Forfour (mi hermana, por ejemplo, que acababa de comprarse uno, y también un compañero de trabajo que conocía el sector de la automoción), así que, ni corto ni perezoso, me dirigí un sábado a un concesionario y le dije al comercial (señalando un coche con el dedo): quiero uno como ese.
- ¿Quiere probarlo?
- No, comprarlo
El comercial se quedó un poco extrañado, no debe ser habitual comprar un coche como se compraría una sandía (bueno, incluso las sandías se catan, ahora que lo pienso...). Pero yo soy así.
El coche lo recibí el pasado viernes, y el sábado me dirigí a Valencia (concretamente, a Cullera) para comerme una paella. Un capricho. Durante el viaje se desvanecieron todos mis temores: el Smart Forfour es un coche maravilloso, en el que viaja tremendamente cómodo un tipo de 190 cm como yo y acompañantes. Además, a pesar de que es un coche pequeño, demostró tener unas excepcionales características para la carretera. El motor que tiene mi Smart es de 95CV, un motor Mercedes de sólo 3 cilindros, pero que le hace correr como un pequeño diablo. Es diesel, y consume poquísimo (con 40 euros fui a Cullera y volví a Madrid). La sensación que da al conducirlo es de coche grande, y el único problema es que hay que controlar la velocidad (no te parece que vayas corriendo tanto) si no quieres perder de golpe todos los puntos del carné de conducir.