Fue un poco a lo loco, como casi todas mis opciones de compra y consumo. Pero me salió -nuevamente- bien. De entrada, me gustó que no hubiera que entrar en Cullera (localidad demasiado maltratada por la fiebre de hormigón que está asfixiando a la costa española), sino perderse por una carreterita llena de vericuetos, angosta y flanqueada de acequias: pura huerta). Pero es que además, cuando llegamos al restaurante, vimos que estaba pegado a la playa del l'Estany (he visto críticas a la calidad de esta playa, y mucha gente opinaba que el agua que estaba sucia pero, cuando fui yo... estaba translúcida).
Nada más bajarnos del coche, fuimos como locos a la playa pero... se nos había olvidado llevar sombrilla (yo es que no tengo, vaya). Así que, para no asarnos como escandinavos desprevenidos, propuse dar un paseo por la playa. Pero es que no se puede -me dijo Ana-. Son calitas que están separadas por rocas y el mar.
- ¿Cómo que no se puede? -contesté, envalentonado- Déjame la mochila, que la llevo como si fuera un porteador, y verás como pasamos.
Y tanto que pasamos: cuando se me mete algo entre ceja y ceja, lo hago. Atravesamos de esa guisa cuatro calitas, para cachondeo generalizado de los pescadores que nos miraban desde el espigón y para sorpresa de los bañistas cuando nos veían aparecer de entre las aguas, con la mochila en la cabeza. Más de uno miró en su derredor en busca de la cámara oculta. Pero no había. Tan sólo era yo.

El restaurante

Así pasó amena -y refrescada- la mañana, hasta que llegó la hora de la comida. De vuelta al restaurante, descubrimos que estaba flanqueado por el otro lado por l'Estany (estanque o laguna), un humedal rodeado de cañaverales de una hermosura singular, en el que decenas de personas (jóvenes y ancianos) esperaban pacientemente a que los peces picaran el anzuelo de sus cañas. Para nuestro agrado, la mesa que habíamos reservado en Casa Salvador estaba en una hermosa y enorme terraza justo a la orilla de l'Estany.
Pero aún tenía que venir lo mejor. Ante la carta (amplia hasta cansar, con más de 30 variedades de arroz) ya se nos iba haciendo la boca agua, pero cuando finalmente apareció la paella que, dubitativos, habíamos elegido, una paella de rodaballo y angulas... bueno, eso no se puede contar. Hay que vivirlo.