Aparentemente, ha sido un chaval de 21 años el que prendía fuego al bosque. Y luego (manda cojones) se sentaba en una silla que llevaba al efecto, para ver el incendio. Como Nerón viendo cómo ardía Roma (aunque últimamente algún historiador ha intentado rehabilitar la memoria del emperador romano, e interpreta el incendio de Roma como una medida necesaria para reurbanizar una urbe caótica, insana y peligrosa: algo así como Gallardón, pero más a lo bestia).
O como Eróstrato, el pirómano pirado por la fama que incendió el templo de Artemisa en Éfeso con la intención de pasar a la historia. Y lo consiguió, como en nuestro siglo, por algo mucho peor, lo ha hecho Bin Laden. Y es que la destrucción, y más aún la destrucción asociada al fuego, siempre ha llamado poderosamente la atención al ser humano. Quién no se ha visto hipnotizado por el crepitar de las llamas frente a una fogata, o en la chimenea.
Claro que este chaval de Chiclana se ha pasado tres pueblos para disfrutar, cómodamente sentado, del espectáculo del bosque ardiendo. Quizá el levante le soliviantó los sesos.