De los hechos que se conocen (el armazón del guión son los testimonios y las grabaciones que se conservan) y de los que se consideran verosímiles, fundamentalmente lo que acaeció en el interior del avión desde su secuestro hasta que se estrelló en un prado, presumiblemente como consecuencia del amotinamiento de los pasajeros.
Unos pasajeros que ya sabían lo ocurrido en las Torres Gemelas y que, por tanto, eran conscientes de la suerte que iban a correr. Ahí creo que está la clave de la película, lo que la hace tan emocionante, tan rotunda, tan verdadera. Hoy todos conocemos -desgraciadamente- el final de la historia. Pero en el momento en que se sitúa la película, salvo los terroristas, ninguno de los protagonistas (tampoco ninguno de nosotros el 11-S) sabía qué demonios estaba pasando. El caos, el desconcierto, el miedo y la desesperación se va abriendo paso entre ellos, que no aciertan a explicarse ante qué se encuentran. Pero eso, lentamente, va cambiando.
Poco a poco se va tomando conciencia de que unos indivíduos (aún no se sabía quiénes) habían concebido un ataque demoledor contra Estados Unidos con unas armas terroríficas que estaban al alcance de cualquiera con suficiente arrojo. Solo que nadie antes había considerado que los aviones comerciales pudieran ser utilizados como armas, como misiles devastadores.
Poco a poco, lo que sabemos todos los espectadores y lo que saben los pasajeros del United 93 se va igualando. Sabemos -ellos, ahora sí, también lo saben- que los pasajeros van a morir. Ese es el nudo de la historia, lo que la impulsa vigorosamente hacia su desenlace, hacia un final de vértigo que no por ya de sobra conocido se nos hace menos impactante.