Es irónico que hayamos perdido a Antonio Bernaza justo en estos días en los que tanto se cuestiona la honradez y la dedicación de las personas que nos representan en las instituciones, particularmente en los ayuntamientos.
Antonio fue siempre el extremo diametralmente opuesto al concejal aprovechado, prevaricador y corrupto. Él nunca necesitó otra cosa que no fueran sus propias manos para garantizarse el sustento.
De hecho, a la vida pública llegó sólo para dar, para aportar desinteresadamente su tiempo y su esfuerzo incansable. Primero en el movimiento vecinal, luego en política, siempre quiso verse a si mismo como representante de las personas sencillas y de los trabajadores. Tanto como coordinador de la agrupación local de Izquierda Unida, en un último y fracasado esfuerzo para evitar que esta formación política entrase definitivamente en descomposición, como en su etapa de concejal, su tarea de oposición al gobierno municipal siempre se caracterizó por su honestidad y su tesón.
Y la única recompensa de tanto esfuerzo fue sólo la sensación del deber cumplido; en unos tiempos en que ser concejal de la oposición en Alcalá de Guadaíra no estaba retribuido y en los que la mayoría absoluta y abrumadora del gobierno municipal no dejaban ni una sola brecha por donde introducir otra forma de hacer las cosas, el trabajo de Antonio, y más teniendo en cuenta su delicada salud, pudiera parecer carente de sentido. Pero nada más equivocado.
Esa tarea que, conscientemente, se echó sobre los hombros, es quizá la que mejor se avenía con su carácter y con su esencia. Porque Antonio era - y cuánto me cuesta hablar de él en pasado...- fundamentalmente un hombre bueno, una de esas personas recias y nobles cuya sola palabra tenía fuerza de ley. Creo no equivocarme cuando pienso que incluso sus rivales, los que le conocieron personalmente, también le querían.
En estos últimos años, desde que me vine a vivir a Madrid, apenas nos habíamos visto. En cambio, el cariño que por él sentía no se ha visto mitigado ni un ápice por la distancia. Los últimos meses estaba atareado con un nuevo proyecto político, un partido de corte localista, IPDA, alrededor del que había conseguido arremolinar a un puñado de gente ilusionada por conseguir lo que él soñaba: una Alcalá más justa y más habitable.
No sé si su sueño le sobrevivirá. De lo que no me cabe duda es de que todos los alcalareños de bien le deberíamos estar agradecidos y deberíamos honrar su memoria por haber existido, por haber sido un ciudadano ejemplar y por haber dedicado una parte importantísima de su vida a conseguir ni más ni menos que el bien común.
Descansa en paz, Antonio Bernaza Aranda. Te querré siempre, amigo.