Ella (llamémosle P), cada cierto tiempo, parecía presa de pequeñas convulsiones. A decir verdad, cada vez menos pequeñas, incluso llegaba a extraviar la mirada por completo. Él (llamémosle M) aparentaba no darse cuenta de nada, hablaba mirándome directamente a los ojos, pero algo en su expresión me hacía intuir que se estaba regocijando de la situación.
Acabamos el primer plato, vinieron los segundos. P suspiraba con fuerza y, en un momento dado, se levantó a toda prisa y se dirigió hacia los servicios. Yo solté los cubiertos, creo que algo bruscamente, sobre el plato y pregunté:
- ¿Qué le pasa a P?
M estalló en una carcajada. "¿No te has dado cuenta?" -me contestó-. "Acaba de tener un orgasmo". P volvía ya hacia la mesa, con una expresión muy tranquila, relajada, feliz. Me lo contaron todo: habían comprado un vibrador (que llevaba P) controlado a distacia (por M). Yo había sido un participante involuntario e inconsciente en un juego sexual que hacía tiempo que les rondaba la cabeza. Había sido su primera víctima, pero no sería la última: la próxima vez, me dijeron, sería en el avión.