m4rt1n

Ir al contenido | Ir al menú | Ir a la búsqueda

Nueva vida, nuevo blog

domingo 27 agosto de 2006

La cabeza de la hidra

—La hidra de la pasión tiene muchas cabezas. Pregúntese si Sara Klein merecía morir como usted lo imaginó, por una pasión equivocada. Debió usted suponer que ese crimen escondía otro misterio, como las muñecas rusas que se contienen a sí mismas en número creciente pero en tamaño disminuido. No. Piense que Sara Klein, al cabo, mereció su muerte. La pasión de Otelo no se hubiese identificado con la vida de Sara. La pasión de Macbeth, sí. Todas las aguas del gran Neptuno no borrarán la sangre de nuestras manos, señor licenciado, lo sé.

La cabeza de la hidra
CARLOS FUENTES

domingo 20 agosto de 2006

La fuerza de la riqueza

Te creías alguien por apoyar tu fuerza en la riqueza,
y eso fue lo que más te engañó a ti, que desconocías
muchas otras cosas. La riqueza no vale nada si no es
por el breve tiempo que se está con ella. Lo firme es
la naturaleza, no la riqueza. La primera siempre permanece
y acaba con la desgracia, en cambio la riqueza
que acompaña al injusto y al torpe acaba volando de
su casa tras florecer por breve tiempo.


Electra
EURÍPIDES

domingo 13 agosto de 2006

El lenguaje de las flores y de las cosas mudas

Detrás del tedio y los grandes pesares
Que abruman con su peso la existencia brumosa,
Dichoso aquel que puede con ala vigorosa
Arrojarse hacia los campos luminosos y serenos;

¡Aquel cuyos pensamientos, cual alondras,
Hacia los cielos matutinos tienden un libre vuelo!
¡Que se cierna sobre la vida, y alcance sin esfuerzo
El lenguaje de las flores y de las cosas mudas!


De Elevación (Las Flores del Mal)
CHARLES BAUDELAIRE

domingo 06 agosto de 2006

Las notas que duermen en las cuerdas

El centro de Lima estaba lleno de colegios de mujeres, pero Manolo tenía sus preferencias. Casi todos los días, se paraba en la esquina del mismo colegio, y esperaba la salida de las muchachas como un acusado espera su sentencia. Sentía los latidos de su corazón, y sentía que el pecho se le oprimía, y que las manos se le helaban. Era más una tortura que un placer, pero no podía vivir sin ello. Esperaba esos uniformes azules, esos cuellos blancos y almidonados, donde para él, se concentraba toda la bondad humana. Esos zapatos, casi de hombres, eran, sin embargo, tan pequeños, que lo hacían sentirse muy hombre. Estaba dispuesto a protegerlas a todas, a amarlas a todas, pero no sabía cómo. Esas colegialas que ocultaban sus cabellos bajo un gracioso gorro azul, eran dueñas de su destino. Se moría de frío: ya iba a sonar el timbre. Y cuando sonara, sería como siempre: se quedaría estático, casi paralizado, perdería la voz, las vería aparecer sin poder hacer nada por detener todo eso, y luego, en un supremo esfuerzo, se lanzaría entre ellas, con la mirada fija en la próxima esquina, el cuello tieso, un grito ahogado en la garganta, y una obsesión: alejarse lo suficiente para no ver más, para no sentir más, para descansar, casi para morir. Los pocos días en que no asistía a la salida de ese colegio, las cosas eran aún peor.

Las notas que duermen en las cuerdas
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Autorizacion Wikipedia