En 2001, mi amigo Mario me contaba, resignado, cómo una idea de negocio -una de tantas- se le había escapado de las manos. Por lo visto, en el transcurso del
MBA que había cursado se le ocurrió, entre otras muchas ideas, iniciar un negocio de importación y franquiciado de raquetas y artículos de
pádel.
¿De raquetas de qué...?
, le pregunté yo, tan a la última hora como siempre.
Por aquellos días, sin que yo me hubiese enterado de nada, todo ejecutivillo de medio pelo que se preciase ya jugaba al pádel. Y es que nada menos que el entonces presidente
Aznar, al tiempo que hablaba
catalán en la intimidad, había contribuido a popularizar tan singular deporte. Desde entonces, no hay nueva urbanización de chalets, adosados o pisos corrientes y molientes que no se construyan con las correspondientes pistas de pádel. La clase es la clase.
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